URRIAGO BENÍTEZ, HERNANDO
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En los poemas de "La piel en pen" la palabra po?tica se muestra minada, cuando no en perenne agon?a, por un sentimiento de derrota, signo esencial del poeta moderno, heredero de la tradici?n a la intemperie -como escribi? Mart?n Heidegger en ?Arte y poes?a?- inaugurada por Charles Baudelaire y seguida por la l?rica contempor?nea. Asistimos entonces a un contrapunto entre la desesperanza) el amor, con una mediaci?n ocupada por la asechanza de la muerte, que ronda cada poema de este libro.??La piel en pena? es un poemario hecho de personas, ?mbitos, aromas, visiones e intuiciones dotadas algunas de una herm?tica metaforizaci?n y otras de un decible po?tico que se sabe derrotado por la contundencia de la palabra cotidiana, aquella que hablan las v?ctimas y los verdugos, los vivos y los ausentes; en fin, los seres y los objetos que colman la ?fosa? del poema. Para decirlo con uno de sus poemas, ?Inventario de un perito en fosas?, este libro es un rudo, descarnado y triste ?inventario? de aquello que la ?fosa com?n? podr?a alojar, por ejemplo, en un pa?s como Colombia, evocado aqu? por sus r?os temiblemente cargados, por sus s?mbolos henchidos de desolaci?n y de muerte, y por la an?mala actividad de aquellas fuerzas oscuras que amenazaron con sepultar a todo un pa?s an?nimo y en muchos sentidos inocente.
En los poemas de "La piel en pen'" la palabra poética se muestra minada, cuando no en perenne agonía, por un sentimiento de derrota, signo esencial del poeta moderno, heredero de la tradición a la intemperie -como escribió Martín Heidegger en «Arte y poesía»- inaugurada por Charles Baudelaire y seguida por la lírica contemporánea. Asistimos entonces a un contrapunto entre la desesperanza) el amor, con una mediación ocupada por la asechanza de la muerte, que ronda cada poema de este libro. «La piel en pena» es un poemario hecho de personas, ámbitos, aromas, visiones e intuiciones dotadas algunas de una hermética metaforización y otras de un decible poético que se sabe derrotado por la contundencia de la palabra cotidiana, aquella que hablan las víctimas y los verdugos, los vivos y los ausentes; en fin, los seres y los objetos que colman la «fosa» del poema. Para decirlo con uno de sus poemas, «Inventario de un perito en fosas», este libro es un rudo, descarnado y triste «inventario» de aquello que la «fosa común» podría alojar, por ejemplo, en un país como Colombia, evocado aquí por sus ríos temiblemente cargados, por sus símbolos henchidos de desolación y de muerte, y por la anómala actividad de aquellas fuerzas oscuras que amenazaron con sepultar a todo un país anónimo y en muchos sentidos inocente.